La dieta
antiinflamatoria

Medicina Estética

La dieta y los nutrientes que ingerimos junto al ejercicio, el control del estrés y un sueño fisiológico pueden influir a la hora de controlar, bloquear o evitar una inflamación subclínica o silente.

Las enfermedades crónicas de todo tipo se generan bajo procesos inflamatorios de base patogénica común. Los complejos procesos de la inflamación son parte de los mecanismos de defensa, que son absolutamente imprescindibles siempre que estén modulados y controlados, pero que en exceso o perpetuados en el tiempo son la fuente patogénica de un gran número de enfermedades crónicas: la presencia de una inflamación subclínica o silente es pues, una vía que hay que detectar lo antes posible y bloquear. Este mero hecho permite a las personas evitar el desarrollo de patologías que más tarde generaran grandes discapacidades.

Hay conexiones claras entre la inflamación, el envejecimiento y el desarrollo de enfermedades crónicas.

La medicina ortodoxa recurre a potentes sustancias de base antiinflamatoria: evidentemente reducen los mecanismos bioquímicos de la inflamación y pueden ser útiles en fases cortas y con un objetivo concreto. El problema es que generan efectos secundarios importantes y tienen un objetivo sintomatológico. Usualmente tampoco hay un abordaje integral. Sin embargo, es posible utilizar otros métodos y procedimientos para reducir la carga inflamatoria. En la inflamación hay cientos de complejas reacciones bioquímicas que se han descubierto principalmente en los últimos años. Nuevos mediadores bioquímicos e inmunológicos están conectados. Las hormonas y el sistema nervioso en su globalidad, central y vegetativo participan en un complejo entramado. Pero hoy se puede decir que los actores principales del hecho de la inflamación son los eicosanoides, que generan el proceso y están implicados en las patologías crónicas de base inflamatoria. Detectar precozmente esta clase de inflamación subclínica y corregirla es la base para evitar numerosas patologías actuales.

Hay ya un gran número de marcadores bioquímicos que permiten conocer este estado de inflamación no clínico y también sabemos que las relaciones con patologías como los procesos cancerosos, el binomio diabetes-obesidad, las enfermedades autoinmunes y degenerativas entre otras están en la base de un proceso inflamatorio subclínico y crónico.

La inflamación subclínica daña el sistema hormonal e inmunitario, genera un envejecimiento en discapacidad añadida y acelerada. La inflamación y los eicosanoides son adecuados para la defensa, pero deben ser mantenidos en un equilibrio que se altera ante la agresión constante. Los eicosanoides son estimulados por la liberación de histamina por parte de las células mediadoras de la defensa. Y uno de los principales eicos, el ácido araquidónico estimula la liberación de interleucinas, como la IL6 y el factor de necrosis tumoral (TNF) con potente acción destructiva.

La dieta y los nutrientes que ingerimos, junto al ejercicio, el control del estrés y un sueño fisiológico pueden influir en la expresión inflamatoria controlándola: hay un modelo nutricional de efectos inflamatorio y prooxidante y un modelo antioxidante y antiinflamatorio. Y hay correlaciones positivas entre los parámetros de inflamación y la capacidad antioxidante total de la dieta. Se llega a plantear que el control de la inflamación es más importante que el fenómeno antioxidante.

Los alimentos no sólo nos nutren, también se comportan como medicamentos que pueden incrementar nuestro rendimiento, mejorar nuestro aspecto, hacernos sentir mejor o mejorar nuestra capacidad mental. Y al contrario. Hoy un gran número de personas llevan estilos de vida que no son saludables y uno de los aspectos más afectados es el tipo de nutrición actual que es proinflamatoria.

La dieta antiinflamatoria es la dieta ancestral modernizada. Una dieta basada en índices glicémicos bajos (frutas y verduras) con proteínas adecuadas y dosis adecuadas de ácidos grasos Omega 3. El uso del aceite de oliva virgen es esencial.

Se basa en alimentos frescos, no enlatados de ciclo estacional, como las verduras y frutas que se consumen crudas o poco cocinadas, fibra vegetal, carnes rojas en contadas ocasiones, pescados especialmente azules. Con escaso espacio para grasas saturadas, donde las harinas refinadas, incluidos los cereales y el almidón son reducidos al máximo; donde se evitan las grasas hidrogenadas. Cocinar de una forma determinada, a baja temperatura con métodos poco agresivos como el hervido, vapor, plancha, horno a temperaturas controladas. Y la adición de especies como la cúrcuma, el jengibre y el orégano entre otras y beber abundante agua para eliminar toxinas gracias a la fitoterapia, además de la posibilidad de ingerir bebidas fermentadas de baja graduación, con moderación, como vino tinto, cerveza o sidra.

Esta dieta no es transitoria, no se utiliza para objetivos como reducir peso de cara al verano. Debe ser una forma habitual de comer y debe enseñarse a los niños, modificándoles el paladar. No es fácil porque se enfrentan varios retos: la falta de tiempo generalizada de la sociedad actual donde todo “debe ser muy rápido”, el creciente hábito de comer fuera de casa ya sea en restaurantes o en el trabajo. Este cambio social de hábitos inadecuados se incrementó en los últimos 20 años y la industria alimentaria estuvo atenta ofreciendo la solución: comida rápida, comidas de tercera y cuarta generación. Un modelo de ingesta en el que predominan alimentos refinados, precocinados, ricos en glúcidos generadores de picos de insulina. Una ingesta que sólo piensa en el paladar y que no sacia.

Los Omega 3 permiten estabilizar membranas a temperaturas frías. Los pescados las incorporan gracias a las algas. En la década de los 50 se comenzó a manipular las grasas poliinsaturadas para hacerlas más estables a temperatura ambiente. La hidrogenación fue el procedimiento bioquímico. El aceite se calienta en este proceso y la grasa pasa de forma especial a una forma trans donde los grupos metilo y carboxilo se encuentran en lados opuestos.

Las grasas trans requieren mayor cantidad de energía para ser procesadas, incrementando los radicales libres y la movilización de ácido araquidónico de las membranas celulares. Las cifras de LDL, así como la LDL oxidada, disminuyen la HDL.

La ingesta en exceso de los tipos Omega 6 generará precursores del ácido araquidónico, que inicia el proceso inflamatorio crónico, con formación posterior de prostanglandinas (dolor) y leucotrienos (tumefacción).

En cambio una dieta rica en EPA y DHA reduce la síntesis de PGE2 –proinflamatorios, disminución del tromboxano A2-vasoconstrictor y agregante plaquetario, disminuye el leucotrieno B4-inductor de adherencia y quimiotaxis leucocitos entre otros-, aumenta el tromboxano A3, la prostaciclina PGI3 y los leucotrienos B5.

Este cociente AA/EPA es la base del perfil de inflamación silenciosa-perfil de ácidos grasos.

La mayor parte de la población tiene el problema de generar demasiada insulina: engorda y no adelgaza, incrementa la inflamación y provoca diversas enfermedades crónicas. El exceso de insulina incrementa el AA y la IL6. Estos sistemas están relacionados.

La ingesta natural de Omega 3 incluso en nuestro país no es fácil. Hay que tener en cuenta que la ISSFAL-asociación internacional estudio ácidos grasos y lípidos- recomienda 450 mg de DHA y 650 mg/día de EPA. Pero sólo consumiendo diariamente pescado y otros alimentos marinos se consigue de forma habitual. Representa entre 4-6 raciones de pescado semanales. Y una gran parte de la población no lo hace. Y además en adultos sólo el 5-10% de ácido alfalinolenico se transforma en EPA y sólo un 2% en DHA. Las mujeres tienen más capacidad hasta un 20% se transforma. Es un problema de acción enzimática.

En cambio la conversión del ácido linoleico en araquidónico es muy eficaz, siendo precisas grandes cantidades de alfa linolénico para llegar a equilibrar el proceso.

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