Relaciones entre la salud mental y los tratamientos médico-estéticos

Actualidad Médica

Un retoque puede influir en nuestro bienestar psicológico a través de tratamientos orientados a conseguir que las emociones que refleja nuestro rostro se correspondan con las que realmente sentimos.

Así, basándose en las conclusiones de diversos estudios clínicos recientes, entre ellos el llevado a cabo por doctora Michelle Magid, profesora de psiquiatría de la Universidad de Austin (Texas), cuyos resultados confirmaban que el tratamiento de las arrugas del entrecejo con toxina botulínica contribuye a mejorar los síntomas de la depresión, los especialistas llevan varios años replanteando el abordaje de los protocolos faciales desde una innovadora perspectiva que, más allá del concepto antiaging, se centra en actuar sobre el reflejo facial de las emociones.

Además de los signos de envejecimiento per sé, el paso del tiempo produce cambios en la expresión facial que, en muchas ocasiones, deja de corresponderse con lo que realmente sentimos y acaba por repercutir en dichos sentimientos, de tal forma que, corrigiendo esa expresión exterior y recuperándose la correlación entre el sentir interior y el reflejo en el espejo, se mejoran el autoconocimiento, la autoaceptación y, con ello, el bienestar psicológico.

Además, está científicamente demostrado que nuestros gestos influyen en nuestros sentimientos. Por ejemplo, los neurólogos han confirmado que, no sólo la risa natural, sino también la voluntaria estimula ciertos neurotransmisores, limitando la producción de cortisol (responsable del estrés) y liberando dopamina, un neurotransmisor asociado a una mayor agilidad mental.

Así, ya que parece haber una relación directa entre lo que expresa nuestro rostro y lo que sentimos, parece lógico que modulando la expresión también se podría mejorar el estado anímico. Esta es la base del nuevo planteamiento de abordaje de los protocolos médico-estéticos propuestos actualmente. La transformación de lo que expresa nuestro rostro hacia el exterior, fijando sentimientos con los que no nos sentimos identificados es el principal factor por el que uno deja de reconocerse en el espejo, con la pérdida de autoestima que ello conlleva.

Y es que en estos casos, el planteamiento del tratamiento pasa por hacer coincidir la expresión exterior con la interior pues, muchas veces, lo que más preocupa a los pacientes no son signos de la edad concretos sino una expresión global fijada en el rostro, procedente de una época de poco sueño o mucho estrés y que, pasado ese periodo, ha quedado ‘marcada’, mostrando una ‘falsa’ expresión que ha dejado de corresponderse con la situación real. De hecho, en multitud de casos, la forma de plantear objetivos en consulta es más un ‘quiero que me quite la cara de cansado’ que un ‘quiero parecer 10 años más joven’.

¿Cara de cansancio, cara de enfado o cara triste?

La gran mayoría de los rostros acaban por reflejar una de las siguientes tres emociones, cada una marcada por unas transformaciones morfológicas específicas:

1. Cara de cansancio: es la más extendida, tanto en mujeres como en hombres. Se traduce en un rostro abotargado que da la sensación de falta de descanso y energía bajo mínimos. Su conjunto de ‘síntomas’ a modular se concentra principalmente en la región de los ojos y del contorno facial, incluyendo: sombra de ojera, inflamación del párpado inferior (bolsa), descolgamiento del párpado superior pérdida de definición del contorno facial (óvalo), caída de estructuras (descolgamiento) como pómulos.

2. Cara de estrés, irritabilidad o enfado: ocupa la segunda posición en cuanto a número de casos y, según las observaciones clínicas, resulta más frecuente en hombres. Y en cuanto a tiempos, es la que aparece y se fija antes (con menor edad), en ambos sexos. Transmite un sentimiento de tensión, disgusto y enojo marcado por expresiones como ceño fruncido, caída de la cabeza de ceja depresión o caída de la frente código de barras arruguitas en las aletas nasales derivadas de un reiterado fruncimiento de la nariz.

3. Cara de tristeza: otorga una expresión de melancolía y falta de empuje. Es más habitual en mujeres y se produce por cuestiones como la caída del canto de los ojos y la comisura de la boca (con marcado o no de las ‘líneas de marioneta’), cola de la ceja, o caída del párpado inferior.

Diagnóstico morfo-causal, parámetros de tratamiento y efectos

Para determinar en cuál de los tres grupos de expresiones se engloba cada rostro, los especialistas han desarrollado un sistema de Diagnóstico Morfo-Causal destinado a analizar qué factores están en la base de la expresión o reflejo de esas emociones a nivel facial. Dichas causas engloban 2 posibles componentes principales:

– Componente dinámico: variaciones de la expresión de las diferentes área faciales, determinadas por la movilidad muscular, la reiterada repetición de un gesto que acaba por fijar una expresión en forma de arrugas y surcos, así como sombras proyectadas por dichas arrugas o surcos.

– Componente volumétrico-estático: desplazamiento hacia abajo, de volúmenes faciales y desdibujamiento de contornos.

De este modo, según predominen unos componentes u otros, se recurrirá a la combinación de diferentes técnicas médico-estéticas como fototerapia (Láser o IPL) para la corrección de sombras, toxina botulínica para modular la musculatura facial y agentes tensores (hilos reabsorbibles) o voluminizadores para reposicionar los volúmenes faciales y redibujar el óvalo.

Se puede concluir que los pacientes tratados desde la perspectiva de recuperar su expresión emocional facial positiva, experimentan mejoras psicológicas que implican un incremento de la autoestima, mayor positividad e, incluso, aumento de la energía y ganas de afrontar nuevos proyectos.

Fuente: consalud.es

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